Simbología del trabajo en el signo de Tauro

Desde el punto de vista esotérico, lo primero que debe dominar un iniciado es su pensamiento. He ahí el primer trabajo del héroe mitológico, Hércules. En el plan creativo, al pensamiento le sigue el deseo. Por ello, el segundo trabajo ,en Tauro, se ocupa del deseo. La clave en Tauro es la correcta comprensión de la ley de Atracción que gobierna la fuerza magnética y la coherencia de formas por las que Dios y el alma se manifiestan.


En la mitología griega, Heracles (Hércules en romano) es un héroe con gran fuerza que se enfrenta con varios animales, correlacionados con los signos del zodiaco. Durante años realizó doce duros trabajos, mientras fue esclavo de su primo Euristeo, rey de Micenas, como parte de su castigo por matar a su familia.

Con base en el mito, Alice Bailey, en el libro Los 12 trabajos de Hércules analiza el significado oculto del trabajo que realiza el héroe mitológico en cada signo zodiacal.

El primer trabajo se relaciona con el signo de Aries, cuyo aprendizaje consistió en manejar el pensamiento negativo representado por las yeguas devoradoras. Seguidamente, el segundo trabajo se relaciona con el Toro Sagrado y el signo de Tauro.

Dice la leyenda que el segundo Portal estaba abierto de par en par, y desde la luz que velaba la escena distante, emergió la voz del Maestro y dijo: “Pasa a través del Portal. Sigue tu camino. Realiza tu trabajo y vuelve a mí, informándome sobre el hecho.”



Minos, Rey de Creta, poseía un toro sagrado, al que guardaba en la isla de Creta. Euristeo mandó a buscar a Hércules y le dijo que era necesario capturar al toro y traerlo desde la isla a la tierra firme. No fueron dadas instrucciones de cómo debía ser ejecutado esto, y todo lo que Hércules sabía era que el toro era sagrado, que había nacido del mar, y que su destino era ser ofrecido en sacrificio a Minos.

Solo y triste, consciente de la necesidad y consumido por profunda pena, Hércules pasó lentamente entre los pilares del Portal a la luz que brillaba donde estaban los toros sagrados. 

En el horizonte se levantaba la hermosa isla donde moraba el toro, y donde hombres arrojados podrían entrar en ese vasto laberinto que los atraía hasta el aturdimiento, el laberinto de Minos, Rey de Creta, el guardián del toro.



Hércules, buscó por toda la isla, persiguiendo al toro de lugar en lugar hasta que por último lo acorraló, guiado por la fulgurante estrella que brillaba sobre la frente del toro, una brillante lámpara en un sitio oscuro. Esta luz, moviéndose a medida que el toro se movía, lo conducía de un lugar a otro.

Solo, buscaba al toro; solo lo perseguía hasta la guarida; solo lo capturó y montó sobre su lomo. A su alrededor permanecían las Siete Hermanas estimulándole en su camino y, en la resplandeciente luz, él conducía al toro a través de la brillante agua hacia la isla de Creta sobre la tierra donde moraban los tres Cíclopes.

Entonces, se nos relata que él condujo al toro como si fuera un caballo, al otro lado de la isla y a través de las aguas que separaban a Creta de la tierra firme. 

Así lo trajo a la ciudad de los cíclopes. Estos cíclopes eran seres peculiares de quienes se afirmaba que poseían sólo un ojo colocado en el medio de la frente. Eran gobernados por tres figuras sobresalientes, cuyos nombres eran Brontes, que significa trueno, Steropes, que significa relámpa­go, y Arges, que significa actividad remolineante.

Cuando Hércules llegó con el toro a las puertas de la ciudad, se encontró con los tres cíclopes, quienes recibieron al toro sagrado y se hicieron cargo de él. Estos tres grandes hijos de Dios esperaban su regreso, vigilando su progreso a través de las olas. Él condujo al toro como si éste fuera un caballo, y con las Hermanas cantando a medida que marchaba, lo acercó a la tierra.

Viene con fuerza”, dijo Brontes, y fue a encontrarlo en la ribera. “Conduce en la luz”, dijo Steropes, “su luz interior será más brillante”, luego se avivó la luz en repentina llama. “Viene deprisa”, dijo Arges, “está conduciendo a través de las olas”.

Hércules se acercó, empujando al toro sagrado sobre el camino, arrojando la luz sobre el sendero que conducía de Creta al Templo del Señor, dentro de la ciudad de los hombres de un solo ojo. Sobre la tierra firme, a la orilla del agua, estos tres se pararon y se apoderaron del toro, quitándoselo a Hércules.
Ve en paz, hijo mío, tu tarea está hecha”.

El Maestro lo vio venir y salió a su encuentro en el Camino. A través de las aguas llegaban las voces de las Siete Hermanas, cantando alrededor del toro, y más cerca aún el cántico de los hombres de un solo ojo dentro del Templo del Señor, en lo alto del Lugar Sagrado.

Viniste con las manos vacías, oh, Hércules”, dijo el Maestro. “Tengo estas manos vacías, porque he cumplido la tarea a la cual fui asignado. El toro sagrado está a salvo, en lugar seguro con los Tres. ¿Y ahora qué?
Dentro de la luz tu verás luz; camina en esa luz y allí ve la luz. Tu luz debe resplandecer más brillante. El toro está en el Lugar Sagrado”.

Y Hércules se tendió sobre la hierba y descansó de su trabajo. Luego, el Maestro se volvió hacia Hércules y dijo: “El segundo trabajo está cumplido, y la tarea fue fácil. Aprende de esta tarea la lección de la proporción. Fuerza para realizar la ardua tarea; buena voluntad para hacer la tarea que no somete a esfuerzo tus poderes; así son las dos lecciones aprendidas.”

Y así terminó el segundo trabajo.

El 2º trabajo se ocupa del deseo. En el plan creativo, al pensamiento le sigue el deseo. La clave en Tauro es la correcta comprensión de la ley de Atracción que gobierna la fuerza magnética y la coherencia de formas por las que Dios y el alma se manifiestan.



El toro simboliza el mundo de los deseos materiales
Un mundo atrayente que habita en una isla hermosa y al que tantos hombres son empujados y en el que tantos resultan impactados por su aparente brillo. Recordemos que el toro habita en una isla famosa por su laberinto. Y es que los hombres que habitan en esa isla de deseos viven aturdidos, perdidos en un laberinto que les lleva de un sitio para otro, confundiéndoles siempre para no dejarles ver la salida.

Pero, el Toro, como símbolo del mundo material de gran significación en las sociedades antiguas, tiene  su versión espiritualizada presente en lugares como la desaparecida Babilonia, Egipto y Persia, donde era considerado sagrado. No en vano, en la misma Grecia lo encontramos con una forma que puede adoptar un dios para manifestarse a los hombres (algo que de forma exacta recibe el nombre de epifanía), de Zeus e incluso de Poseidón. Esta es la parte elevada de Tauro. 

La  visión más animalizada del toro se observa en la historia del minotauro, una entidad con cuerpo de hombre y cabeza de toro que se alimentaba de humanos y se erguía como indestructible.  

El mito se origina cuando el rey Minos ignoró el deseo de Poseidón de sacrificar al toro sagrado, por lo cual recibe el castigo de que su esposa engendre un monstruo. Para ocultarlo, la bestia es encerrada en el laberinto que había construido Dédalo, permaneciendo allí mucho tiempo aterrorizando a la población, ya que nadie se atrevía a enfrentarlo. 

La imagen del minotauro representa la sombra, todo lo negativo que tiene un ser humano, sus deseos irracionales, sus crímenes y sus peores vicios, siendo representativa de la parte más baja e instintiva de Tauro. 

El "ojo del toro" es la estrella fija Aldebarán
Debido a su posición en la cabeza de Tauro, históricamente se conoce como el Ojo del Toro, el Ojo de Dios, la estrella de Buda o la estrella de la Iluminación. La estrella guía de los cielos y Tauro se relaciona con la luz y con Cristo, la luz del Mundo. Luz, iluminación y sonido, como expresión de fuerza creativa. 

Su nombre deriva del árabe antiguo al-dabaran , cuyo significado es "el seguidor", debido a que la estrella sigue en su recorrido nocturno por el firmamento a las Pléyades. Esta estrella llamada por los Persas "Tascheter", es una de las cuatro Estrellas Reales mesopotámicas. 

A cada una de esas estrellas le fueron asignadas una estación del año y Aldebarán, que es la estrella más brillante de su constelación, era la que marcaba el equinoccio de primavera hace cinco mil años. También fue denominada por los persas como "El Guardián del Este".

Las siete hermanas son las Pléyades
Han recibido innumerables nombres a lo largo y ancho del planeta, como Subaru en Japón, aunque en la tradición popular española se han mantenido las “Siete Hermanas”, las “Cabrillas” o el “Pequeño Carro”, por la similitud en la forma del asterismo con la Osa Mayor. 

Las Pléyades fueron las siete hijas del titán Atlas, el que fue castigado a sostener sobre sus hombros la bóveda celeste después de la guerra entre los titanes y los dioses olímpicos, y de la ninfa Pleione. Eran hermanas de Calypso y de las Hespéridas. Sus nombres eran Maya, Electra, Taigete, Alcíone, Selene, Estérope y Mérope. En astronomía las Pléyades son un cúmulo abierto en la constelación de Taurus.

Las Pléyades, representan el alma y el vasto ciclo recurrente de la experiencia; y, entre las siete Pléyades, la Pléyade Perdida (pues sólo seis son visibles)  hay un símbolo del oscurecimiento del espíritu, mientras el alma, a través del deseo, toma un cuerpo.  Así tenemos también la aparición de la idea de la gran ilusión y espejismo. El espíritu de Dios está "perdido", o velado, y desaparece en la atracción de la forma exterior y en el espejismo que el alma capta alrededor de sí misma.






Los cíclopes son los iniciados primitivos
 Cuando el toro del deseo ha sido entregado a los Cíclopes los tres aspectos divinos superiores empezarán a manifestarse: Brontes, Steroptes y Arges guardarán al toro sagrado, y Hércules, el discípulo, no tendrá más ninguna responsabilidad.
Brontes es el símbolo del primer aspecto de Dios, el padre y el sonido creador. Es el Espíritu. 

Steroptes significa relámpago o luz, y es el segundo aspecto, es el Alma.

Arges significa actividad remolineante, el tercer aspecto de la deidad, expresándose en la intensa actividad de la vida en el plano físico. Es el Cuerpo.
Estos aspectos divinos constituyen el factor controlador y una vez que ellos han logrado la posesión del toro sagrado, el problema de Hércules está resuelto, lo que quiere decir que en el momento en que el discípulo, el hombre que como Hércules busca la evolución, domina al Toro (los deseos materiales) y comienza a manejar el mundo material en su aspecto superior, viendo más allá de los espejismos (las Pléyades) y mirando con el Ojo del Toro (Aldebarán)) se acerca a la meta de comenzar a fusionar en sí mismo el Espíritu, el Alma y el Cuerpo (los cíclopes). 



  Escrito por Glenda González 


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